Casi como una tradición o ceremonia, desde que los hermanos Gómez tenían uso de razón, sabían que el domingo a media mañana, era el momento de recibir la visita de la tía Ana, que no faltaba por nada del mundo, solo recordaban que en años solo no vino en un par de ocasiones; cuando al tío le agarró neumonía y casi se va para el otro lado y la vez que a Nadia, la prima de ellos, le dio meningitis y estuvo internada por meses.

La tía Ana sobresalía entre todas las de la familia, era la única mujer gorda. Cuando decimos gorda es porque era inmensa por donde se la mirara y más si se la comparaba con Esther, su hermana y madre de los mellizos Gómez. Ana era exuberante.  De una voz aguda insoportable, además que hablaba por doquier y de cualquier cosa, nunca se le agotaban los temas y si no le venía a la mente nada nuevo, como si nada volvía a temas recurrentes, por más que ya los haya dicho hace una hora atrás. Sus manos y tobillos estaban siempre hinchados, le echaba la culpa a su retención de líquidos y al calor, pero nunca  a la gordura, al kilo de masas finas o sánguches de miga que traía para desayunar. Su tez blanca, piernas gruesas y firmes. Su trasero inmenso y desproporcionado que ella llamaba atributo de belleza. Siempre contaba anécdotas cuando sale hacer mandados revoleando sus caderas de un lado a otro, robando suspiros y piropos a los albañiles del barrio. Su escote voluminoso, aunque sus tetas eran tan grandes que necesitaba corpiño especial. Los Gómez que ya estaban entrando en la pubertad, pero no salían de sus casas y no conocían chicas de su edad, muchas veces, han mirado a su tia gorda con otros ojos. Si bien eran mellizos, había uno de ellos, que parecía más grande que el otro, tanto por su contextura física como de pensamientos, aunque los dos en vez de cerebro tenían alcornoque, decía su finado padre,  incluso el mas chico, aun jugaba con palitos de madera, como si se tratarán de soldaditos, mientras que el otro ya sentía el despertar sexual y muchas veces se había encerrado en el baño imaginándose a la tia desnuda, con su pezones inmensos.

Los domingos fueron pasando, los meses y los años. Los Gómez habían cumplido doce años. Y parecían no madurar jamás. A uno de ellos incluso cada tanto había que avisarle que  se le caían los mocos, para que se los limpie.  Los dos siempre andaban juntos de un lado a otro. Eran mellizos rubios, flacos esqueléticos y altos para su edad. No importaba de que uno hablara, el otro reía. Si alguno se lastimaba el otro reía. Don José el almacenero del barrio decía que esos pibes no vinieron al mundo de forma normal. 

Una noche de sábado, el que parecía más grande, aunque había que verlo con detenimiento, se quedó viendo Hollywood en castellano en canal 11, una película que lo había fascinado. Estuvo casi dos horas estupefacto, con la boca abierta, asombrado. Una invasión  alienígena con formas de insectos gigantes. Ni más ni menos que cucarachas doradas, asquerosas como las normales pero del tamaño de una persona.  Caminaban por las calles y comiendo todo humano que se les cruzará. 

Los alienígenas no venían del cielo en platillos voladores, sino que la nave nodriza se mantenía en el espacio gravitando, abría sus compuertas y dejaban caer una especie de semillas que para los terrícolas parecía una sospechosa lluvia de granizo de color rosada viscosa, y no se percataron que quedando estupefactos mirando al cielo con la boca abierta, los ingerían, y no eran más que los huevos que luego se engendran dentro de sus cuerpos, para luego reventar como un capullo de carne. 

El protagonista descubre,  que aquellos que tenían dentro de sus cuerpos a estos insectos alienígenas cambiaban su forma de ser, volviéndose más repulsivos hacia el resto de los humanos, y con hambre insaciable. Y la única manera que había de aniquilarlos era tumbarlos al suelo y cuando estaban a punto de resquebrajarse, había que cortarles la cabeza.

El mayor de los Mellizos Gómez, esa noche no había podido pegar un ojo. Varias veces cacheteó a su hermano para despertarlo y poder contarle lo que había visto, pero no despertaba de su sueño profundo con su cabeza hundida en la delgada almohada viscosa del lamparón de baba que cada noche dejaba. 

A la mañana siguiente, agotado del insomnio y completamente transpirado del calor del fuerte sol de verano que calentaba sobre el techo de chapa, no tuvo más remedio que levantarse, orinar y sin siquiera despegar los ojos de la lagaña, se fue a la cocina a buscar un vaso de leche, encontrándose con la tía Ana, que ya estaba despatarrada  sentada en la punta de la mesa, abriendo el paquete de medio kilo de masas finas. Por unos segundos dejó de hacer lo que estaba haciendo, levantó la mirada por sobre sus lentes que acaparaban gran parte de su rostro, y con su sonrisa gorda que engrosaba aún más sus mejillas, ordenó a su sobrino saludarla indicando que debía darle un beso de cada lado y un beso en la frente. Él la miró con repulsión, pero sabía que si quería comer, debía hacerlo. Se acercó con resquemor. Comenzó por darle el beso en la frente mojada, luego en uno de los cachetes y cuando  movió su cabeza para darle un beso del otro lado, el lunar negro sobre el mentón con tres pelos le produjo repulsión. Ana lo miró poniéndose seria, y le dijo si seguía tan maleducado y no la saludaba como corresponde como le enseño desde chiquito, la próxima vez iba a ser con un piquito.  

El chico salió espantado sin darse cuenta que cerca de la puerta venía caminando su hermano. Se lo topó, lo agarró de los hombros y le pidió que no vaya para la cocina y que lo acompañara. Lo miró y le sonrió  pavamente, ni reacción tuvo que se lo llevó casi a la rastra del brazo. Afuera en el patio, lo volvió a zamarrear y le dijo que ella ya no era más la tía, sino un alienígena y le contó sobre la película que había visto a la noche. 

El hermano seguía mirándolo detenidamente mientras moqueaba y se limpiaba con su antebrazo. Y no lograba entender. Hasta que lo tomó de la mano, salieron al fondo de la casa, se metieron en el galpón, tomaron un maza y un serrucho. 

El menor aún no entendía lo que su hermano pretendía. Lo cacheteó y le dijo “tenemos que matarla por el bien de la humanidad. Tenemos que hacerlo antes de que llegue mamá”.

Caminaron hasta dentro de la cocina y mientras la tía se atragantaba con masas finas, mientras los retaba, con la boca llena, diciéndoles que eran unos mocosos insolentes mal educados, que la madre no supo enseñar respeto,  salpicaba pedazos de crema, y dulce de leche sobre la mesa que salían de su boca. Los dos hermanos se fueron por detrás y el más alto, alzó la masa y de un golpe certero, le partió el cráneo en dos. Los anteojos de la tia gorda salieron escupidos a dos metros resbalando en el suelo, casi hasta la arcada del comedor. Ana cayó desplomada al suelo con los ojos abiertos, aun parecía que respiraba inconsciente. Sangrando por boca, nariz y oídos, haciendo un charco de sangre oscura. El más alto se paró con sus piernas de cada lado de la cabeza y volvió arremeter con la maza hasta desfigurarla y dejar pedazos de sesos por todo el suelo. Mientras se limpiaba la sangre de su cara, ordenó a su hermano a fraccionarla con el serrucho carpintero en pequeños trozos para que quepan en el agujero del respiradero del pozo ciego. 

Cuando estaban por terminar de tirar el último trozo del cuerpo de la tía, sienten que se abre la puerta, era la madre que venía con el chango de los mandados repleto de verdura con hojas de acelga que rebalsaba de las bolsas. La mujer quedó atónita ante el escenario. El suelo repleto de sangre, sus dos hijos completamente ensangrentados de pies a cabeza, mientras que el más alto, aún tenía en sus manos un pedazo de vísceras.

La madre se les acercó a los dos, se agachó casi poniéndose en cuclillas y los abrazó por la cintura, mientras los dos apoyaron sus cabezas sobre sus hombros.

– Los amo hijos… – dijo ella

Mientras el más petiso de los mellizo por fin habló.

– Nunca ví la cucaracha gigante dentro de la tía.